The Wayback Machine - http://www.dulces-prejuicios.com:80/

jueves 1 de diciembre de 2011

Fábula hipotética


Hoy les voy a contar una fábula. Corría el año dos mil y poco. Los hermanos Jonathan y Cristian Hormiguero Cigarra (mellizos) dejan tempranamente sus estudios para trabajar en la construcción. Los dos hermanos son bien distintos. Se diría que uno de ellos (Jonathan) ha invertir en acciones de General Motors en España salido a la  familia materna (los Cigarra) y el otro a la paterna (los Hormiguero). Cristian era más aplicado en los estudios, pero prefirió aprovechar el momento. Era muy trabajador y se sacaba sus buenos tres mil euros al mes currando a destajo. Jonathan era más relajado en el trabajo y más activo en la diversión. A veces tenía que cambiar de obra los martes porque el lunes no se había podido levantar. Afortunadamente no faltaban ofertas de empleo en el sector.
El padre de los chicos, Don Ramiro Hormiguero, les daba buenos consejos. Tan buenos, que si alguien le hubiese dicho que se trataba de prejuicios, por muy dulces que fuesen, Don Ramiro se hubiese enfadado mucho: “Pensad en el futuro”. “Nada de tirar el dinero en un alquiler”. “Recordad lo que le pasó a vuestro tío con todo lo que ganó y cómo fue a terminar el pobre”. Su tío era Rodolfo “El Cigarra” esforzado bailarín que fue a partirse una pierna de mala manera; tan famoso que todos ustedes lo conocerían bien si no fuera porque se trata de un personaje de ficción. Parece ser que su tío dilapidó su fortuna en forma que no viene al caso y acabó en la miseria, sin apartamento en la costa ni dada.
Como podemos imaginar Cristian siguió los consejos de su padre con más precisión que su hermano. El banco le dio una hipoteca por el 100% del valor de un piso monísimo, y él la pagaba con comodidad. Con tanta comodidad la pagaba que al poco se compró un apartamento en la costa a pagar en cuarenta años. Cuando se jubilase el apartamento sería suyo y podría venderlo si la zona se había pasado de moda o alquilarlo para subvencionar su vejez, o incluso irse a vivir a él si le daba por pasear por la playa como a los jubilados alemanes.
Jonathan en cambio no hizo caso. Ganaba menos que su hermano y además se lo gastaba todo en juergas, así que ni un pisito se compró. “Vas por el camino de tu tío” le repetía su padre.
Hoy están los dos en paro. El banco ha ejecutado las hipotecas de los pisos de Cristian y éste mantiene una deuda millonaria que nadie sabe si podrá pagar. Jonathan en cambio no tiene deudas (bueno, al menos ninguna que no se pueda esquivar dejando de ir a algunos bares). Los dos buscan trabajo, aunque Cristian sabe que si lo encuentra le embargarán el sueldo, así que tampoco tiene el empeño invertir en acciones de Alcoa en España de antaño.
Los padres suelen seleccionar sus más dulces prejuicios para pasárselos a sus hijos. Ya he dicho en otras entradas que los prejuicios son útiles y por eso se mantienen; pero al fin y al cabo son prejuicios, así que son prácticos hasta que pasan a ser dañinos. Normalmente el prejuicio consiste en dar categoría de norma a lo que no pasa de anécdota. "A mí me fue bien así que esto hay que hacerlo de este modo." Si los padres vivieran cien veces en distintos lugares y ambientes, sus consejos serían más útiles porque dispondrían de una buena muestra de situaciones.
Por suerte ni Jonathan ni su tío Rodolfo (“El Cigarra”) dejarán que a Cristian y su padre (que avaló los créditos de su hijo) les falte un vasito de vino en la mesa.

martes 22 de noviembre de 2011

Prejuicios físicos - leyes jurídicas


Cuando se habla de “Productos Milagro” (PM) lo que se quiere decir es que sería tan absurdo que funcionasen que si se diera el caso habría que atribuirlo a una intervención divina o algo por el estilo. La denominación no se aplica por tanto a productos cuyo funcionamiento es milagroso en tercera acepción del diccionario de la RAE, es decir: Maravilloso, asombroso, pasmoso. Sino más bien lo contrario. Quiero decir que la penicilina, por ejemplo, no es un PM puesto que tiene una efectividad asombrosa pero se conocen sus mecanismos de actuación.
Hace unos años se pusieron de moda unas pulseritas de colores que al decir de su publicidad dotaban de fuerza y equilibrio a quien las usaba, y esto lo hacían por mediación del holograma que llevaban donde los relojes suelen llevar la esfera. Efectivamente, si tal cosa fuera cierta sería un milagro y de los gordos, ya que entre otras cosas violaría la primera ley de la termodinámica (o principio de conservación de la energía).
Lo realmente asombroso y pasmoso (maravilloso no sé si es) es que ahora es cuando se oyen por todas partes voces contra las tales pulseras. ¿Y por qué ahora?
Pues porque ahora es cuando la empresa que vendía las pulseritas declara que . Es decir, ahora se ha encontrado que las pulseras violan leyes jurídicas; mientras violaban leyes científicas no le importaba a nadie.
Famosos de varios orígenes, desde la “princesa del pueblo” (Belén Esteban) hasta el príncipe de la capital (Felipe de Borbón)  hicieron pública ostentación de su ignorancia científica exhibiendo dichas pulseras. Incluso la ministra de sanidad mostraba en su muñeca su fe en los PM. Ahora cabe decir algo como: “es que aún no se había demostrado ante un juzgado lo de la publicidad engañosa”. Que viene a ser lo que se dice en los casos de corrupción, como si la ética o la física tuviesen que obedecer al juzgado de turno. Como si un juez pudiese dictaminar si alguien es o no es un sinvergüenza o un gobierno decidir si la primera ley de Newton debería derogarse.

sábado 19 de noviembre de 2011

Leer es de inútiles


Leer es síntoma inequívoco de ignorancia. Y aunque esto lo sabe todo el mundo, lo pongo aquí porque el pasado debate entre los dos principales candidatos ha puesto de moda este prejuicio. Uno de los candidatos leyó buena parte de su intervención, y esta conducta ha sido muy criticada.
Como todos los prejuicios, el que consiste en inferir la capacidad de una persona (casi para cualquier cosa) a partir de sus habilidades oratorias es útil y generalmente acertado. Somos una especie parlante (bueno, prácticamente podemos decir que somos “la” especie parlante). Seguramente las personas que se expresan mejor son por lo general más cultas e incluso más inteligentes, y eso es útil para muy diversas tareas. Sin embargo, como en cualquier prejuicio, la generalización produce graves errores y no pocas víctimas inocentes. Los tartamudos son algunas de las víctimas más evidentes, condenados a ser tenidos por tontos por el prejuicio de medir la inteligencia con el metro de la verborrea.
Demostrar suficiente seguridad como para hacer las cosas sin mirar papeles está muy valorado y es un prejuicio estable invertir en acciones de General Motors . Llega hasta el punto de que una investigación con varios cientos de pacientes mostró que nos parece más fiable un médico que prescribe al tuntún (diciendo algo como “bueno, no lo tengo claro pero tómese esto que total no le va a hacer mal”) que uno que consulta un manual delante del paciente.
Normalmente estamos más seguros de las cosas cuando sabemos más, pero no debemos olvidar que hay gente que muestra mucha seguridad en todo lo que hace, y esto es más una forma de ser que un síntoma de sabiduría.  La lectura no siempre es señal de ignorancia, a veces lo es de perfeccionismo (hay personas que nunca están suficientemente seguras de algo).
Hoy estamos en jornada de reflexión. Eso supone que ya hemos recibido la información y ahora decidimos sobre ella. Es una curiosa concepción del pensamiento humano la que refleja el calendario electoral. Nadie debe enviarnos mensajes que puedan alterar nuestro sosegado pensamiento. Hoy la lectura está especialmente mal vista.

viernes 11 de noviembre de 2011

Lo que Joe podría haber sido


Esta semana ha muerto un hombre prejuicioso. En sí no es noticia. Al fin y al cabo todos los hombres criamos prejuicios y todos morimos. Pero la persona de la que hablo vivió buena parte de su vida atormentado por la conclusión de un razonamiento corrosivo. Joe Frazier fue medalla de oro de boxeo en 1964 y campeón del mundo de los pesos pesados. Seguramente cualquier crítico de boxeo lo situaría entre los 10 mejores pesos pesados de todos los tiempos. Entre los pocos boxeadores que alcanzaron fama comparable en aquellos tiempos es el único que no era millonario.
En un pequeño apartamento situado en la parte alta del lúgubre gimnasio en que enseñaba su técnica, Joe Frazier compartió los últimos años de su vida con una gran frustración. En 1975 Frazier se enfrentaba por tercera vez a Muhammad Ali (Cassius Clay). Fue uno de los combates más duros de la historia del boxeo. Al terminar el penúltimo asalto mientras los dos púgiles estaban sentados en sus rincones el entrenador de  Frazier comunicó al árbitro su decisión de retirarse. No pensaba que su pupilo pudiera aguantar con vida otros tres minutos. A cambio Frazier perdía la opción de volver a ostentar el título y tal vez de pasar a la leyenda del boxeo como “el más grande”. Lo curioso es que mientras Frazier quería continuar, en el rincón de enfrente Ali pedía que le arrancasen los guantes. Después declaró que nunca se había sentido tan cerca de la muerte. Sólo con que su entrenador hubiese tardado un poco más en volverse hacia el árbitro, o alguien hubiese estado escuchando en la esquina de Ali, la historia del boxeo, y sobre todo la de Joe Frazier hubiese cambiado mucho.
La investigación psicológica ha encontrado que las reacciones emocionales de las personas tras los sucesos dependen en gran medida de cómo construyan alternativas a la realidad; de cómo imaginen lo que podría haber sucedido en lugar de lo que pasó. Si se nos escapa el autobús por unos segundos nos dará más coraje que si lo perdemos por haber llegado con un gran retraso. Producimos pensamientos como “con sólo haber venido un poco más rápido hubiese llegado a tiempo”. Ese tipo de pensamientos tienen consecuencias emocionales negativas. Frazier había perdido el título por KO en el segundo asalto frente a Foreman dos años antes pero esa derrota le afectó mucho menos. Estuvo muy lejos de ganar a Foreman.
En los juegos olímpicos de Barcelona se preguntó por sus sentimientos a los atletas que habían conseguido medalla. Curiosamente los que obtuvieron medalla de bronce estaban más satisfechos que los que ganaron plata. Estos últimos sentían que habían perdido el oro. La alternativa a la realidad les hacía sentir mal. Joe Frazier ganó el oro pero en un momento de su vida estuvo tan cerca de algo grandioso que vivió atormentado por pensamientos como “si mi entrenador hubiese tardado unos segundos más en hablar con el árbitro”. Tardó 30 años en ser capaz de ver imágenes de aquel combate, y todo hace pensar que no fue feliz.
Es difícil circunscribirse a un solo prejuicio por entrada. En esta chocamos con otro. Habrá observado el lector que en este artículo se habla de boxeo, y se hace sin dedicar la mitad del texto a exponer lo intolerable, brutal y fuera de la vanguardia que es dicho deporte. Es una ventaja de los blogs. Al menos de los que no están alojados en “El País”, donde en el año 1977 decidieron que sus prejuicios eran más dulces que los de los demás (y tal vez tenían razón y todo): "El periódico no publica informaciones sobre la competición boxística, salvo las que den cuenta de accidentes sufridos por los púgiles o reflejen el sórdido mundo de esta actividad" (). Es decir, que está permitido hablar de boxeo, pero mal. Esto da lugar a obituarios tan peculiares como el dedicado a Frazier. Ojalá llegue el día en que las noticias más brutales, sórdidas, tramposas, intolerables, etc. del periódico fuesen las que hablan de boxeo.  

domingo 6 de noviembre de 2011

El bolsillo en perspectiva


De lejos las cosas se ven pequeñitas. Afortunadamente desde niños sabemos que la persona que se aleja no mengua a cada paso. Hasta los niños más pequeños saben que el tamaño de la gente se mantiene constante en la distancia aunque la imagen que llega a sus sentidos dice lo contrario. Curiosamente dicha habilidad no parece transferirse más allá del mundo perceptivo. De esta forma, cuando vemos los problemas pequeñitos porque están lejos terminamos pensando que son pequeñitos de verdad. Pasa con guerras lejanas, terrorismos ajenos o hambres de esas que sufren las razas hambrientas de toda la vida.
Podemos reírnos un poco de la perspectiva haciendo juegos como el de la foto que acompaña este artículo. Curiosamente este tipo de trucos sirven para entender mejor el misterio de la perspectiva, precisamente a base de transgredir sus leyes jugando con la distancia y el tamaño.  Por eso propongo al lector que juegue con este enlace donde podrá comparar su propio bolsillo con el del resto de la humanidad. También es algo truculento porque situar la pobreza de algunos en medio de nuestra sociedad occidental es como ponerse a bailar sobre el tapón de una coca cola. 

miércoles 2 de noviembre de 2011

Dulces sufragios


De entrada uno se figura que los partidos políticos se construyen a partir de representaciones de las ideas de la gente. Un grupo descubre que comparte unos dulcísimos prejuicios y decide organizarse en consonancia. Es decir, que hay partidos conservadores, comunistas, nacionalistas, etc. porque hay en correspondencia gentes conservadoras, comunistas, nacionalistas, etc. La cuestión es que también puede ser que haya gente de tales ideologías porque hay partidos que las promueven, es decir que es el partido el que crea a sus votantes. Al menos, a buena parte de ellos.
Javier de Burgos
Por ejemplo, podemos plantearnos si los partidos nacionalistas tienen más peso en Cataluña que en Andalucía porque hay más gente nacionalista catalana que andaluza o si hay más gente nacionalista donde los partidos nacionalistas tienen más peso. Seguramente habrá efectos en los dos sentidos, pero el que va del partido hacia  el pensamiento de los votantes es evidente. Los partidos utilizan como es lógico los medios de comunicación para influir en los potenciales votantes pero también para aleccionar e instruir a la población: “Esto es lo que debe pensar el auténtico progre, o el verdadero ciudadano de derechas, o el genuino nacionalista de aquí o de allá”.
Si no hay partidos que representen una cierta ideología o sistema de prejuicios, esta ideología acabará desapareciendo. Los nacionalistas, por ejemplo, basan su ideología en la atribución de entidad propia a los habitantes de cierto territorio como grupo. Existe un buen número de personas en muy diversos lugares que se identifica con el nacionalismo. Pero hay otros grupos que se atribuyen entidad propia y no forman partidos. Uno de los más claros en España es el de los gitanos. Entre los gitanos es más que frecuente atribuirse tal entidad grupal. La razón de que no exista un partido gitano no es la falta de sentimiento hacia sus rasgos distintivos, es sencillamente una razón distributiva: los 600.000 gitanos que hay en España están demasiado repartidos. Les pasa lo mismo que a los votantes de IU que con casi un millón de votos sólo consiguieron dos escaños en las últimas elecciones: a unos partidos el escaño les sale por menos de 70.000 votos y a otros por casi medio millón, para que luego digan que la estadística no es prejuiciosa.  Se mire como se mire los votos de unos ciudadanos han contado siete veces más que los de otros. Es evidente que los gitanos no tienen ninguna posibilidad de conseguir ni un solo escaño  con esta ley electoral a no ser que decidan empadronarse todos en la misma provincia.
Muchas peculiaridades de las personas pueden dar lugar a atribuciones de identidad grupal. Es fácil identificarlas, basta con empezar una frase con “Nosotros los…” y ver si puede continuarse con sentido. Por ejemplo, Nosotros los comunistas, los extravertidos, los feministas, los elegantes… No cabe algo como Nosotros los cantamañanas, o nosotros los mugrientos. Es simple, lo que no deseamos decir de nosotros mismos no vale como hecho diferencial aglutinador de entidad grupal.
Si no hay partido que proclame su ideología terminaremos pensando que los inmigrantes también carecen de hecho diferencial alguno. A pesar de la crisis siguen siendo más de cinco millones en España pero se empeñan en dispersarse e irse a vivir a los núcleos más poblados. Así no hay forma de granjearse una ideología. Dicho de otra forma, así no se puede crear un partido. ¿Y si los dos millones de habitantes del País Vasco se repartiesen por toda España?
¿Por qué el nacionalismo es el hecho diferencial grupal más extendido? ¿Por qué es más fácil que la gente se defina como nacionalista que como introvertida? Pues porque no hay un partido introvertido. Y ¿por qué no lo hay? Porque los introvertidos se distribuyen más o menos equitativamente por el territorio. El nacionalismo es la única ideología que se aferra a los territorios, en este caso a las provincias… como la ley electoral.
La verdad es que al pensar que algunos de nuestros más dulces prejuicios no son más que el resultado de aplicar una formulita que se le ocurrió a un sobre laivisión de España en provincias, se le queda a uno cierta desazón. 

martes 25 de octubre de 2011

Mentes, embudos y probabilidades


Como la abundancia no siempre es buena, existen mecanismos para reducir el caudal de las cosas. Uno de los más elementales es el embudo. Como todos saben un embudo es una máquina capaz de reducir la tasa con que un elemento (generalmente un líquido) se transfiere de un recipiente a otro.
Un artefacto de funcionamiento similar al del embudo es la portada de un periódico. Las noticias ocurren a su ritmo y el periódico nos las propone al suyo. Hay días en que sobran noticias y días en que faltan pero el caudal fluye como si los hechos tuviesen que ceñirse al calendario y cada día hubiese más o menos el mismo número de sucesos notables. Lo mismo pasa con el telediario y su duración fija, los boletines informativos, y otras clases de embudos periodísticos.
La semana pasada hubo un momento en que se apiñaron las noticias de forma que casi parecían desbordarse todos los embudos. Mala suerte para quien estrenase un espectáculo, inaugurase una exposición o  botase un barco. Hasta el volcán del Hierro pareció moderar su erupción esperando un mejor momento informativo.
La verdad es que las noticias no parecen sustraerse a las leyes de la oferta y la demanda. Si el lector eligió el pasado 20 de octubre para batir el record mundial de apnea estática (es decir, de permanecer bajo el agua sin respirar estando vivo), de huevos consumidos en un minuto o sostenidos en una sola mano, tuvo mala suerte. En otro momento tal vez hubiese acaparado los informativos. Aquel día tuvo demasiada competencia.
Nuestra mente no hace mucha distinción entre unas noticias u otras. La mente es otro embudo, pero evolucionó en un tiempo en que no existían los periódicos y todo aquello de lo que se hablaba en la tribu era importante. Esto hace que, en muy buena medida, quien maneja los embudos maneje la mente, o al menos tenga la potestad de implantar en ella prejuicios a su gusto.
El miedo por ejemplo es una emoción pero también es causa y consecuencia de prejuicios. Tememos lo que juzgamos peligroso, ¿pero por qué lo juzgamos así? A veces, porque aparece en las noticias. Les diré algo que no aparece en las noticias: 600 personas mueren al año solamente en Estados Unidos al caerse de la cama. Eso significa un promedio de casi dos personas al día. ¡Es mucho! Desde luego si las noticias lo sacaran, podrían crear una alarma general: “Otra persona sucumbe a los abismos laterales entre los que dormía”. Muchos empezarían a dormir en la alfombra porque el telediario se podría abrir cada día con la sórdida imagen de una persona muerta a los pies de su lecho.
Digo que el asunto de las caídas de la cama nunca ha aparecido en las noticias pero otras cosas sí. Basta que la opinión pública se interese por el tema. La población es tan grande que la probabilidad de que suceda cualquier cosa es muy alta. La razón principal de que muera tanta gente al caerse de la cama es que hay 300 millones de personas durmiendo en camas cada noche en Estados Unidos: alguno se tendrá que caer de mala manera. Por otra parte, en Gran Bretaña 20.000 personas cada año requieren asistencia de urgencias por haberse caído de la cama… La cosa empieza a ser preocupante.
Dice una máxima del periodismo que si un perro muerde a un hombre no es noticia, si un hombre muerde a un perro, si lo es (un ejemplo más actual y más indignado sería… si un hombre roba un banco es noticia, si un banco roba a un hombre…, demasiado cotidiano). El problema es que si las cosas son noticia precisamente porque no son habituales, quien tenga que formar sus dulces prejuicios a partir de lo que dicen las noticias puede llegar a tener unos prejuicios muy alejados de la realidad. Por ejemplo, la mayoría de las personas cree que es más probable morir asesinado que por cáncer de estómago a pesar de que la segunda causa es cinco veces más frecuente que la primera. Simplemente la televisión y la prensa no suelen informar de las muertes por cáncer de estómago. En nuestro afán por pasear a nuestros prejuicios para que hagan su ejercicio diario, debemos tratar de no sucumbir a la idea de que lo que más oímos sucede más, sobre todo si lo oímos en las noticias.
El efecto del embudo informativo se aplica también a la política, incluso en materia de salud. Por ejemplo, es un hecho que hay virus más televisivos que otros. El virus de la Hepatitis B no sale mucho en la tele. Nadie lleva lazos de colores para indicarnos que no le gusta el virus de la Hepatitis B. Tal vez por eso es un virus que no pasa por el embudo, y a pesar de ser 100 veces más contagioso que el del sida y causar más muertes, la inversión en su prevención es mucho menor.
Estimar la probabilidad de un fenómeno por cuánto nos suena no es una mala estrategia, seguramente está muy arraigada en nuestra especie.  Cuando uno de nuestros antepasados veía morir en su tribu una persona al día por la misma causa, hacía bien en formar el prejuicio correspondiente. Pero la tele no es la tribu, sobre todo porque en ella no sabemos quién coloca el embudo. 

miércoles 19 de octubre de 2011

Reales prejuicios


Hay prejuicios provisionales y otros perennes. Por haber hay hasta prejuicios hereditarios. La monarquía no es un prejuicio sino un modo de mezclar el gobierno del estado con ciertas costumbres de emparejamiento y reproducción. El del estado y no digamos el del emparejamiento y la reproducción son escenarios donde los prejuicios suelen salir a actuar con frecuencia, así que la monarquía suele asistir a muchas de sus representaciones.
La corrupción, por ejemplo, es un asunto complicado para la administración del estado. Estos días se viene hablando de la posibilidad de que un miembro de la familia real esté implicado en algún caso de corrupción. Por remota que sea tal posibilidad cabe pensar en sus eventuales consecuencias. Cuando un político se corrompe suele recomendarse su cese o su dimisión. El problema con un sistema que mezcla el estado con el emparejamiento y la reproducción es que no está muy claro en qué consistiría tal dimisión o cese. Si el miembro de la familia real lo es por matrimonio con otro miembro, ¿debería divorciarse? ¿Debería renunciar a la custodia de sus reales hijos ya que tenerla es parte de su cargo estatal? ¿O aquí habría que tener en cuenta los sentimientos de las personas como en otros asuntos de emparejamiento y reproducción?
-Es que todavía nos queremos.
Tal vez podría simplemente abdicar de su condición de miembro de la familia real (y de la foto de navidad) sin dejar de llamar suegros a sus reales suegros (que seguirían siendo sus suegros reales). ¿Perderían todos sus hijos los derechos como miembros de la familia real?, o sólo aquellos nacidos después del caso de corrupción, pues se entiende que los anteriores serían hijos suyos como miembro de la familia real y los posteriores, no.  
Es difícil no sacar a pasear complicados prejuicios cuando en los temas de estado hay que hablar de matrimonios, hijos, suegros, etc. O cuando en los asuntos internos de una pareja o una familia hay que hablar de asuntos de estado. ¿No creen?

domingo 16 de octubre de 2011

¿No ve la gratis?


Transportemos el escenario hasta un pueblo de la sierra. En el centro de la plaza hay una fuente de la que manan aguas cristalinas, frescas y abundantes. La serrana ubicación del pueblo hace pensar en una calidad insuperable para aquellas aguas. Al lado, un humilde quiosco. El viajero llega a la plaza sofocado, se acerca al quiosco y compra una botellita de agua mineral. Alguien le pregunta: “¿no ve la gratis?”
Esta tontería que acabo de escribir viene a inaugurar un enlace al margen de esta página. www.novelagratis.com en él no puede uno beber agua fresca, pero sí descargarse mi última  novela en formato EPUB o PDF, y encontrar algún otro contenido (cada vez más).
Se agradecerán comentarios.

jueves 13 de octubre de 2011

El libro o la película



Hay gente que se pirra por las disyuntivas: ¿te gustan rubias o morenas?,  ¿Eres del Madrid o del Barça?,  ¿prefieres la carne o el pescado? ¿Tú eres más de mar o de montaña?… Para los indecisos estas personas son un verdadero incordio. Especialmente cuando los “maniaco-disyuntivos” tienen por oficio el periodismo. Hoy oía por la radio una de esas encuestas en las que preguntan a unas 30 personas, emiten las 10 respuestas más simpáticas o más raras, o más variopintas, y de ahí extraen información sobre lo que piensa de cualquier tema “el hombre de la calle”. Pero no crean, hoy no voy a sacar a pasear mis prejuicios contra las encuestas ni contra el hombre de la calle o la mujer de la plaza. Hoy voy a hablar de disyuntivas, y es que lo que preguntaban era precisamente si de una determinada historia gustaba más “el libro o la película”. Vamos, una polémica casi tan clásica como la de toros sí/toros no, o aquello de: “¿usted cree que sale a cuenta un coche de gasoil?”.
La del libro o la película compara dos acercamientos artísticos distintos a un asunto. Una comparación extraña pero que a nadie parece llamar la atención. No es habitual en cambio comparar la pintura con la escultura (prefiere usted la piedad de Miguel Ángel o la de Bellini)  o el canto con el baile. Lo curioso es que la tal encuesta (la de libros o películas) es de resultado más que previsible. La mayoría de la gente prefiere el libro. ¡No faltaba más! Es que el libro lo explica todo mejor, etc.
Yo no tengo nada contra los libros (al menos, no contra todos los libros), pero a mí la persistencia del resultado me escama. Y me escama sobre todo porque los libros son máquinas perezosas (eso lo dijo Humberto Eco), vamos que son como las bicicletas, que hay que ir dando pedales para que se muevan;  y no como las películas o los coches que lo traen todo mucho más rodado. En Psicología es bien conocido el fenómeno de la “deseabilidad social”: a la hora de responder a encuestas las personas tendemos a atribuirnos cualidades que en nuestra sociedad se valoran positivamente, huyendo de aquéllas socialmente indeseables. Quiero decir que al contestar, las personas podemos tomar prestados algunos prejuicios de los demás (aquellos que nos parezcan más dulces) atribuyendo al libro una deseabilidad de la que aún carece el cine.
Esto puede haber afectado a los resultados, pero hay más. Puesto que la película en cuestión se estaba estrenando, es evidente que quien había leído el libro lo tuvo que hacer antes de ver la película, y aquí se viene a sumar otro fenómeno: ¿Qué clase de historia nos gusta más la segunda vez que nos la cuentan? Prácticamente ninguna. El libro juega aquí con la ventaja de la primacía. Los niños pequeños suelen ser muy prejuiciosos y se enfadan bastante cuando alguien les cambia el cuento. Hay que contárselo siempre como la primera vez. A los adultos nos pasa menos, pero si hemos leído un libro y formado (a golpe de pedal) una imagen de los personajes y de las situaciones, no nos gusta mucho que nos los cambien.
Muchos habrá además que se tiren el farol. ¿Por qué no? Si has visto la película ya sabes de qué va la cosa. ¿Por qué no decir que uno ha leído además el libro? En los países católicos nunca se pretendió que leyésemos la Biblia. Eso era cosa de luteranos. Nosotros veíamos la película y luego decíamos que el libro estaba mucho mejor.

martes 4 de octubre de 2011

Procesión de prejuicios

Hay asuntos que parecen diseñados como campos de entrenamiento para los prejuicios. Basta abordar uno de ellos para que veamos a nuestros dulces prejuicios hacer la pista americana saltando obstáculos o reptando bajo las alambradas. Hay noticias que contienen todos los elementos necesarios para aumentar a un tiempo la fortaleza y la flexibilidad de los prejuicios: el entrenamiento perfecto. Supongamos una noticia que mezcle religión, infancia, violencia de género y política. Sería difícil no usar algún prejuicio como base para poner título a una noticia así porque tendríamos varios prejuicios a flor de piel. Básicamente la noticia es que un juez que ha mostrado en ocasiones su disconformidad con la “Ley Integral de Violencia de Género” está siendo juzgado por prevaricación (hasta 20 años de inhabilitación) por haber consentido que se alterase el turno de custodia de un menor en un día y medio con el fin de que éste pudiera salir en una procesión. No me digan que no es para poner los prejuicios de punta al más pintado. O tiene usted prejuicios contra los jueces que se oponen a esa ley, o contra la ley misma; contra la religión católica, o al menos contra las procesiones… o, como mínimo¡no me diga que no tiene usted prejuicios contra la Semana Santa de Sevilla! ABC de Sevilla titula “Juez Serrano ¿crimen o castigo?‎” haciendo ver con ello (y con el texto del artículo) que tal vez el proceso sea una consecuencia del pasado levantisco del juez “Sus manifestaciones contra la ley provocaron la inmediata reacción de numerosas organizaciones feministas que lo tacharon de defensor de los maltratadores y pidieron públicamente que el juez, ahora en el banquillo, fuera expulsado de la judicatura.” Por su parte, para los redactores del país, lo relevante de la noticia es el objeto del permiso “Cuando el "interés del menor" es salir en una procesión: Acusado de prevaricar un juez de Sevilla que alteró el régimen de visitas de un niño para que participara en la Semana Santa”. Se diría que en El País no gustan las procesiones de Semana Santa y en ABC no ven claro que en España haya libertad para oponerse a algunas leyes.

jueves 29 de septiembre de 2011

Ciencias gastronómicas



Pocas veces la Universidad ocupa los titulares de prensa en España. Estos días asistimos a una de esas raras ocasiones. La razón es la implantación de un nuevo grado. Es decir, de una nueva titulación universitaria (vamos, lo que antes se llamaba una licenciatura). Es curioso que esto sea cosa de tanta noticia cuando en España y por mor de los cambios de planes, la educación a la boloñesa etc. se han creado en los últimos años varios cientos de grados nuevos en las más de setenta universidades públicas o privadas que hay.

Hasta los príncipes han asistido a la inauguración de la cosa. Y uno se pregunta, ¿qué tiene esa agua para que tanto la bendigan? Pues bien, resulta que el grado de marras no es en Ciencias Físicas o Biológicas o en Historia o Literatura, lo que no dejaría de ser una vulgaridad, sino en Gastronomía.
Las felicitaciones son unánimes y los medios se hacen eco de ellas: los nuevos estudiantes de Gastronomía tienen la responsabilidad de ser los primeros con grado universitario en tal disciplina, nos dicen . Además, a través de esa iniciativa la Gastronomía se eleva a Ciencia Universitaria, recalcan . Y es que el propio príncipe hizo ver que por ahí iba “el camino para salir de la crisis”.
Siendo así las cosas parece plenamente justificada la inversión de más de 17 millones de euros. Sin embargo, siempre habrá quien oponga a los argumentos sus dulces prejuicios. Habrá quien piense por ejemplo que el que una disciplina sea una ciencia o no, tendrá que ver con la existencia de un objeto de estudio y un método, y no con la construcción de un hermoso edificio, la constitución de un patronato compuesto de gente famosa, etc. Pensarán estas prejuiciosas personas que aunque la Ciencia pueda estudiarla, la Gastronomía en sí no es una ciencia, del mismo modo que el hecho de que la Ciencia pueda estudiar los orangutanes no convierte a los orangutanes en científicos. Es posible enfocar líneas de investigación en Economía a la gestión de restaurantes, y otras de Química al proceso de los alimentos, las dos cosas tienen que ver con la Gastronomía pero las dos pertenecen a ciencias distintas y previamente existentes.
Recuerdo cuando se reivindicaba la Gastronomía como arte y no como ciencia. No hace mucho de eso, de hecho el diccionario de la RAE se ha quedado anclado a esa época al proclamar en primera acepción que Gastronomía es: “Arte de preparar una buena comida.” No costará mucho cambiarlo por “Ciencia que estudia el proceso de elaboración de las comidas, así como la gestión del pago de las mismas por parte de los clientes de los restaurantes y otras cosas que puedan tener algo que ver”.
Hay un prejuicio muy extendido que consiste en pensar que algo es histórico por el mero hecho de que no había pasado nunca antes. Los prejuicios proceden a veces por inversión de términos: los grandes avances fueron cosas novedosas… por tanto, todas las cosas novedosas son grandes avances. Esto permite aducir el hecho de que en ningún país del mundo exista una titulación universitaria en Gastronomía, como algo positivo para la nueva creación. ¡Cuánto más avanzados somos que los demás! El problema es cuando nuestro hijo es el único en el desfile que no lleva el paso cambiado. 

miércoles 21 de septiembre de 2011

Un vistazo al candidato


Suponga el lector que tiene que elegir capitán para una tortuosa travesía. Pongamos que se trata de un viaje desde Troya hasta Ítaca (¡toda una odisea!). Para tan compleja elección le facilitamos una foto de dos candidatos al puesto y le dejamos mirarla con calma durante… ¡¡un segundo entero!!
¿Cree el lector que ese método de selección de personal tendría  alguna fiabilidad? Platón pensaba que no, y seguramente el lector esté de acuerdo con él. Para Platón la democracia tenía varios inconvenientes, y uno de ellos era precisamente que los electores se pueden dejar llevar por los prejuicios y elegir un capitán en función de cosas tan poco pertinentes como su apariencia física en lugar de tener en cuenta sus habilidades como navegante.
Algún lector bienintencionado pensará. ¿pero quién usa ese método de selección de personal? Nadie seleccionaría un líder sólo por su aspecto físico.
Bueno, sólo, sólo por su aspecto físico… tal vez no.  Un grupo de psicólogos decidió poner a prueba la idea de Platón. Para ello se pidió a 681 niños de entre 5 y 13 años que eligieran al capitán para un viaje a Ítaca (en un videojuego) a partir de una visión rápida de la foto de su cara. Las fotos eran en realidad las de candidatos a elecciones de otro país (desconocidos para los niños). La elección de los niños predijo el 71% de los resultados electorales. Es decir, los niños eligieron frecuentemente a los mismas personas que los adultos del otro país, a pesar de que los primeros elegían capitanes a partir de breves exposiciones de sus fotos y los segundos elegían senadores tras costosas campañas electorales. Con adultos los resultados fueron muy similares. Parece que nuestra habilidad para usar dulces prejuicios visuales para la selección de personal no varía con la edad.
Los autores de , publicado en la revista Science abundaban en la idea de un trabajo previo (2005) aparecido en la misma revista en el que se pedían juicios de competencia a partir de exposiciones de un segundo (¿cuál de estas dos personas te parece más competente?) los resultados no sólo predecían bastante mejor que el azar los resultados electorales, sino que incluso explicaban en gran medida el margen con que ganaba un candidato sobre otro (si había mucha diferencia entre dos candidatos en el juicio de competencia tras un segundo de exposición a las fotos, la habría también en las elecciones; en caso contrario la diferencia en las urnas sería apretada).

Si juzgamos a los candidatos de un vistazo rápido, tal vez las campañas electorales sean un despilfarro. Aunque puede ser que buena parte del peso de la campaña esté en seleccionar las fotos más adecuadas. Las que acompañan este artículo están sacadas de la prensa opositora de cada candidato (la de Rajoy es de Público y la de Rubalcaba de Intereconomía). En general parece que a la hora de elegir las fotos de los políticos los medios no dejan a un lado totalmente la dulzura de sus prejuicios. Ninguna de las fotos adjuntas parece la de alguien especialmente competente.
De todos modos, no debemos despreciar el efecto de la ideología. Uno tiende a votar en la línea de lo que piensa (es decir, de otros prejuicios distintos de los determinados por la apariencia física). Al fin y al cabo hay alrededor de un 30% de resultados que queda al margen de la predicción. No obstante, si el lector sorprende en su cabeza un pensamiento parecido a este: “yo no pensaba votar a este partido, pero el candidato actual parece muy competente”… debería planteándose si no ha visto alguna foto suya últimamente durante… digamos, un segundo.

domingo 18 de septiembre de 2011

Sobre el optimismo de los perros



http://schaver.com/

Hay prejuicios de amplio espectro y otros que no son más que una especie de creencias polivalentes. A esta última categoría pertenecen los prejuicios analizados en la anterior entrada (por ejemplo la idea de que los envases grandes o los precios amarillos salen a cuenta). Hoy voy a hablar de prejuicios más amplios.
Empezaré definiendo (como hacían los autores clásicos), aunque mi definición sea provisional.
Optimismo: prejuicio que induce a estimar la probabilidad de la recompensa por encima de la real, y la del castigo por debajo.
Pesimismo: viceversa.
Yo tengo un perro optimista. Con esto quiero decir que siempre que me acerco a su comedero se pone contento, y también siempre que abro la puerta. Evidentemente la mayoría de las veces se equivoca pues ni le voy a dar de comer ni lo voy a sacar, pero él mantiene su optimismo… ¿Por qué habría de perderlo? Es posible que el optimismo sea útil para los carnívoros. El optimista busca a sus presas con mayor interés:
-Miraré en ese barranco que seguro que hay algún corderito.
El pesimismo es cosa de herbívoros:
-Mejor no me meto por esa cañada no sea que ronde el lobo.
Tal vez haya personas con más tendencia herbívora o carnívora. Es posible que algunos hayan venido al mundo a intentar cazar y otros a evitar que les cacen. Entre ellos, los segundos tenderían al pesimismo más que los primeros, lógicamente.
Tratar de hacer una clasificación de las personas en función de sus prejuicios es algo aventurado… optimista, incluso. Pero eso no es tan malo. En último caso los optimistas dan más espectáculo: suelen ser los que consiguen más metas y los que se caen de más alto.
Por cierto que nadie se divierte viendo comer a una vaca pero la hora de la comida de los tigres o los tiburones es un espectáculo en el zoo. Seguramente la vida (y la alimentación) de los pesimistas es más predecible (y no sólo para ellos).

sábado 17 de septiembre de 2011

Tamaño familiar


Una de las tareas en que más se afana nuestro cerebro es la de desechar lo irrelevante. ¡En el mundo hay tantas cosas! La foto que encabeza el artículo de hoy es un buen ejemplo de lo que solemos ver y descartar cotidianamente. Los mecanismos selectivos de la atención se encargan de dejar libre nuestra mente para estímulos más importantes.
Un supermercado, agua mineral en dos formatos, uno de ellos en oferta… o como se diga cuando algo tiene el precio destacado en amarillo. Normalmente el formato grande es para consumidores notables. En el caso del agua, para gente sedienta o para familias numerosas. Es decir para aquellos a quienes merezca la pena comprar envases de cinco litros y así aprovecharse del precio: el litro les sale a 0,40, eso es lo que indica el letrero amarillo. Los que compren el envase de litro y medio no podrán beneficiarse del precio amarillo y pagarán el litro a 0,35 euros.
-¿Cómo dice?
Eso, que si compras el envase grande con precio amarillo te sale el litro de agua más caro.
Nuestra atención selectiva se vale del aprendizaje. Un experto busca la información allá donde será más probable encontrarla. Por eso los buenos lectores se saltan las palabras menos informativas (como los artículos) cuando están leyendo. Ellos no se dan cuenta pero puede apreciarse si se registran sus movimientos oculares durante la lectura. Hacerse experto en algo es con frecuencia aprender a qué no hay que atender. En cierto modo, nos vamos haciendo expertos según vamos erigiendo prejuicios en torno a algún asunto. Los pescadores no salen a pescar a ciertas horas, y saben dónde se tienen que colocar para asegurarse buenas capturas. Un maestro experto reconoce la rabieta del niño mimado y sabe cómo ignorarla.
Como compradores expertos, hemos aprendido que los precios amarillos delatan buenos precios, también hemos aprendido que los envases grandes “salen a cuenta”. Es un aprendizaje útil porque nadie puede memorizar los precios de todos los artículos. En realidad no sabemos lo que vale el agua normalmente, y tampoco es plan de comparar los precios de todas las marcas en cada uno de sus formatos y tamaños. Sin embargo nuestra experiencia nos hace suponer que esa de envase grande y precio amarillo debe de ser una buena compra. Ayer en el Carrefour de Añaza (Tenerife) ese aprendizaje se volvía contra nosotros. Sucedía lo mismo que en los trucos de prestidigitación donde el ilusionista guía nuestra atención hacia un engaño. Lo mismo que en el cajón de la furgoneta donde nuestros prejuicios se distorsionan con aquellos espejos de chapa pulida.
No era un caso aislado, avanzando por el pasillo encontrábamos la siguiente "promoción": si comprábamos 28 latas de Mahou 5 estrellas (precio amarillo) teníamos la oportunidad de pagar un céntimo más por lata que si comprábamos una lata suelta (comprando 28, la lata a 56 céntimos, comprando una, 55 céntimos). Había un señor forcejeando para meter el paquetón de cervezas en el carro y no dejar pasar aquel chollo. No miré mucho más, se ve que todavía hace calor y fui al super con sed.

Ignoro si es práctica habitual de los hipermercados, o de Carrefour, o del sector de comercio minorista, o de las grandes superficies de origen francés afincadas en canarias, o de las tiendas cuyo nombre comercial acaba en erre, el hacer ofertas tan raras que consisten en comprar más para que salga más caro, pero en cualquier caso, aprovechan nuestros dulces prejuicios, aquellos que se basan en una cierta experiencia como consumidores. Los aprovechan para metérselos en el bolsillo.

viernes 9 de septiembre de 2011

Los prejuicios en el cajón (de la furgoneta)


Imagine el lector que ha ido de viaje a un país lejano. Por la noche ha salido a tomar unas copas. De regreso al hotel se quedó algo retrasado con respecto a sus acompañantes. Digamos que porque vio en un escaparate un regalo perfecto para su abuelita .
De repente un coche de policía o una furgoneta de una pescadería, o incluso una ambulancia algo rara le corta el paso y unos individuos lo cogen y lo meten en la parte de atrás del vehículo. Bueno, debo aclarar que si el coche era de policía los que lo meten detrás no eran individuos sino agentes del orden, más o menos respetables según el país que visitara el lector y algunas otras circunstancias que no vienen al caso.
Lo indiscutible es que de repente se encuentra el lector solo (o lectora sola) dentro de la caja de una furgoneta y sin saber ni donde le llevan ni con qué fin. Resumen: ¡terror!
A pesar del terror, el lector advierte que las paredes y el techo de la furgoneta son de un metal bastante bruñido, lo que los hace actuar como espejos. Sin embargo, como no son del todo rectos, se trata de espejos de esos que deforman la figura.
Decía Valle Inclán, aunque por personaje interpuesto, que el esperpento se produce cuando los héroes clásicos van a pasearse por el callejón del Gato.
Parece ser que en el callejón del Gato (hoy calle de Álvarez Gato, que los callejones también ascienden por antigüedad) hubo en un tiempo dos espejos de cuerpo entero, cóncavo el uno y convexo el otro, donde la gente podía divertirse con su imagen deformada.
 Pues bien, nuestro lector (o nuestro personaje, si el lector prefiere no andar dando respingos en una furgoneta a estas horas), iba viendo su imagen deformada en aquellos espejos, que cada uno le daba un aspecto distinto y a cual más raro.
A diferencia de los del callejón del Gato, los de la furgoneta eran espejos algo desordenados, así que en vez de una imagen regordeta y otra espigada (cóncavo y convexo, sin más), lo que el viajero forzoso obtenía era una colección de distorsiones caóticas según donde mirase: una cara con forma de calabaza por aquí, una pierna larguísima y con articulaciones imposibles por allá…
Todos tenemos una idea de lo que realmente somos, y de lo que realmente es el mundo que nos rodea. Sabemos cómo son nuestras piernas, nuestros brazos y nuestra cabeza, así que el viajero se siente extrañado al ver una imagen deforme. Si no fuese por lo delicado de su situación en el cajón de la furgoneta seguramente se reiría de buena gana al verse así de desfigurado.
Pero, tal vez por efecto de la borrachera, el viajero empieza a albergar una idea aún más inquietante que la propia situación a que se ve sometido: ¿Cuál de ellas es mi verdadera imagen? Seguramente ninguna, ya digo que todos sabemos cuál es nuestra imagen, aunque a veces desconfiemos del mundo exterior. Tampoco es lo más normal que a uno lo metan en una furgoneta llena de espejos raros.
Algunos físicos dicen que el universo tiene forma de patata frita, es decir que es una cosa algo ondulada, como distorsionada por un espejo mal hecho de chapa. Es como si el universo se estuviese mirando siempre en la pared de una furgoneta rarísima. Puede ser entonces que el viajero, o el lector hayan visto siempre un universo distorsionado, como trazado a escuadra y cartabón en lugar de  ondeante como una patata frita, que es como realmente es.
Encima, todos, hasta el viajero, saben que una buena borrachera distorsiona nuestra percepción. Eso hace que si el viajero ve de pronto el reflejo de un brazo recto y bien formado deberá dudar. Si en el espejo de casa se ven las cosas torcidas cuando el que se mira está borracho, un espejo en que se vean rectas deberá estar necesariamente torcido.
En las próximas entradas cabalgaremos a veces sobre nuestros prejuicios, y otras veces trataremos de sentarnos a verlos pasar. No es raro que la gente muestre un gran orgullo al contemplar sus dulces prejuicios. En cualquier caso, no nos vendrá mal reorganizar nuestros prejuicios y sacarlos a pasear en furgoneta. Cualquier noticia nos puede servir de excusa.
Buen viaje.